Cómo el sueco llegó a mi vida

Mi relación con la cultura sueca no comenzó con el estudio del idioma, sino mucho antes, a través de una serie de recuerdos familiares, experiencias y coincidencias que, vistos en perspectiva, terminaron formando parte de una misma historia. Mi primer contacto con Suecia fue musical. Mi abuela paterna, Esther, que vivía en Florida, escuchaba con frecuencia a ABBA. Como pasé gran parte de mi infancia en la casa de mis abuelos, la música del grupo sueco formó parte del paisaje cotidiano de esos años. Aunque cantaban principalmente en inglés, nunca perdían ese característico acento sueco que les daba una personalidad inconfundible. Su estética, su manera de presentarse y su identidad visual también transmitían una imagen profundamente sueca, algo que los diferenciaba de otros grupos de la época. Sin saberlo, aquellas canciones y aquellas imágenes fueron mi primer acercamiento a Suecia y despertaron una curiosidad que muchos años después terminaría convirtiéndose en un interés profundo por su lengua y su cultura. Existe otra historia familiar vinculada a Suecia, aunque de un modo muy diferente. Mi abuela materna, Celia, dejó el campo para trabajar en Buenos Aires y fue empleada doméstica de una familia sueca, los Olsson, que vivía en una casa de la calle Catamarca, en Olivos, a media cuadra de la Quinta Presidencial. Se trataba de una familia de destacados intelectuales, muy cercana a la familia Scalabrini Ortiz. Uno de sus hijos, Gunnar Olsson, se casó años más tarde con la reconocida socióloga Alcira Argumedo, quienes, tras el inicio de la última dictadura militar argentina en 1976, debieron exiliarse en México. Mi abuela vivía con la familia Olsson y era una persona muy apreciada por ellos. La confianza y el afecto que le tenían hicieron posible que, cuando decidió traer a sus dos hijas a Buenos Aires —entre ellas, mi madre—, las alojaran en esa misma casa. Allí disponían de un espacio propio sobre el garaje, donde transcurrieron parte de sus primeros años en la ciudad. De esa etapa quedó también un recuerdo entrañable: un hermoso perro de pelaje gris llamado Natten, que en sueco significa la noche. Mi abuela lo llevó consigo cuando dejó la casa de los Olsson. Durante muchos años, sin embargo, esa historia no tuvo ninguna relación con mi interés por Suecia. Era simplemente una anécdota familiar. Recién con el paso del tiempo advertí la curiosa coincidencia de que mi familia había estado vinculada a una familia sueca mucho antes de que yo sintiera interés por su lengua y su cultura. Ese interés nació realmente durante mi adolescencia. A comienzos de la década de 1990, Roxette se convirtió en un fenómeno mundial y yo me hice fanático del dúo sueco. A través de su música descubrí los discos solistas de Marie Fredriksson y Per Gessle, varios de ellos interpretados en sueco, y así comencé a traducir sus canciones y a leer artículos de revistas y diarios escritos en ese idioma donde hablaran sobre ellos. La curiosidad por comprender aquellas palabras fue creciendo de manera natural, hasta convertirse en el deseo de aprender la lengua. Años más tarde decidí estudiar sueco en el Instituto de Cultura Sueca August Strindberg, en Buenos Aires. Allí di mis primeros pasos en el aprendizaje formal del idioma. Desde entonces he continuado estudiándolo de manera autodidacta, movido por el interés de conocer más profundamente la lengua, la historia y la cultura de Suecia. Hoy, al mirar hacia atrás, encuentro una serie de pequeñas conexiones con ese país: la música de ABBA que sonaba en la casa de mis abuelos paternos, la historia de mi abuela Celia con la familia Olsson y, años después, el descubrimiento de Roxette, que fue el verdadero punto de partida de mi interés por el sueco. Mientras que ABBA fue mi primer acercamiento a una imagen cultural de Suecia a través de su música, su estética y su identidad artística, Roxette fue la puerta que me llevó a querer conocer la lengua. Ninguno de esos episodios existió de manera aislada; juntos forman una historia personal en la que la curiosidad, las coincidencias familiares y la música fueron construyendo un vínculo cada vez más profundo con Suecia. Quizás por eso aprender sueco nunca fue solamente estudiar un idioma. Ha sido también una forma de acercarme a una cultura que estuvo presente de maneras inesperadas en distintas etapas de mi vida y de descubrir cómo pequeños acontecimientos, separados en el tiempo, pueden terminar formando parte de una misma historia.

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